Chuck Berry en el Luna Park: el rock más triste | RollingStone Argentina 

16 abril 2013 at 11:54 am Deja un comentario

15.04.2013 | 13:00

Chuck Berry en el Luna Park: el rock más triste

A los 86 años, el padre del rock & roll se despide de la peor manera: con un show insólito propiciado por su inescrupuloso entorno

Tildarlos de sanguijuelas es injusto con aquellos bichos que chupan sangre por instinto, desconociendo que su nutrición es la ruina de un semejante. Los que perpetraron el show de Chuck Berry en el Luna Park (y la mini gira sudamericana en la que estuvo inserto), los que cranearon la inmolación pública del tipo que supo llegar primero a casi todo lo que nos gusta, son claramente humanos, y por lo tanto responsables de sus actos. Por un lado su familia, su entorno, más que dispuesto a pasearlo por el mundo como si fuera un freak de circo para cobrarle un último cheque a su leyenda. Por otro los organizadores locales, que vendieron entradas a $950 (y con mucho éxito: el lugar estaba casi lleno) sabiendo que “el padre del rock” que tanto promocionaron no estaba, ya no en condiciones de honrar su mito, sino ni siquiera de tocar música.

Lo que vimos en el Palacio de los Deportes no puede juzgarse con los parámetros que se usan habitualmente para este tipo de reseñas. No fue un show mediocre, malo, pésimo ni calamitoso. No tuvo errores: fue un error. No fue la esperable pieza de museo en movimiento a la que el rock, mal que mal, ya nos tiene acostumbrados. No fue un viejito ajado haciendo de las suyas. Fue otra cosa. Fue, más bien, un acto siniestro.

Chuck Berry tiene 86 años y no está en sus cabales. Basta buscar en YouTube el video en el que caga vigorosamente a pedos a Keith Richards por no hacerle caso para comprender que, para él, un pifie era un puñal. Por eso el dolor se multiplica exponencialmente al verlo a él, el primer guitar hero de la historia, tocar su instrumento con la pericia, no de un músico deficiente, sino de un adolescente en sus primeras lecciones. Parece una exageración pero no lo es: mientras su banda tocaba una canción, Berry tocaba otra, o nada, o sólo rasgaba en random, completamente fuera de tono y tempo como si lo suyo fuera una experimentación noise descubierta en la profunda tercera edad.

Empezó con “Roll Over Beethoven”, pasó por “School Days” a los tumbos y para el momento de “Sweet Little Sixteen” ya todo era desconcierto. Incluso algunos ya emprendían retirada con gesto triste, por la gloria incendiada pero más por no querer presenciar la ruinosa explotación de un anciano. Allí subió su hija Ingrid, una correcta vocalista y armoniquista de estilo mugriento, con una inexplicable cartera colgada al hombro durante toda la presentación, haciendo de muleta y lazarillo para su padre que -vale decirlo- sí parece en aceptable condición física, a juzgar por sus idas y venidas por el escenario. Y entonces Chuck arrancaba un tema y su grupo otro, y pedía disculpas, y le alcanzaban una guitarra y él la desafinaba tratando de afinarla, y hacía un fragmento de “My Ding-a-Ling” y la banda lo seguía pero se perdía otra vez e Ingrid lo apuntalaba vociferando y reclamando palmas. En un momento le pidieron a cuatro chicas que subieran al escenario a cantar: se treparon unas treinta. Las bajaron a empujones. Cada pequeño acto era caótico, grotesco, patético. Salvo el riff inicial de “Let It Rock”: ese salió redondo, y por un instante pensamos que todo era una farsa para burlarse de los incrédulos. Pero veinte segundos después vimos que no, no era.

Pasó “Rock Me Baby” de B.B. King, como tratando de sugerir que otra vejez es posible. Pasó “Reelin’ and Rockin'”. Y una hora y pico después del inicio llegó “Johnny B. Goode”, claro, en una versión ininteligible que terminó con dos señores llevándose a Berry cada uno de un brazo, medio a la fuerza, mientras éste intentaba hacer su característico paso del pato ya casi desde el backstage, en las sombras. La peor despedida.

“Dejémoslo que muera haciendo lo que más le gusta”, dirán, tratando de justificar de alguna manera esta atrocidad. Y quizás no sea dueño de sus acciones como para tomar tal decisión, pero demos por sentado que sí y permitámosle tocar si es lo que quiere: después de todo quién se lo puede negar. Pero cuidémoslo. No lo acerquemos al fogón empapado en kerosene. Acompañémoslo con una banda a la altura de lo que supo ser, y no con esa caterva de mediopelos incapaces de sacar las papas del fuego (su guitarrista era, cómo no, su hijo Chuck Jr., una efectiva forma de ahorrarse unos pesitos en un contrato). Paguemos un bandleader que lleve el concierto, alguien que toque por él y le indique cómo seguir. Paseémoslo por el continente como figura decorativa, pero contenido. Montemos un circo digno. Invitémoslo a su propio show, organizado con cariño y respeto. Pero dejemos de parasitarlo. Lo de anoche fue repugnante, no por el gigantesco Chuck que hizo lo que pudo, sino por el océano de mezquindad, berretada y desamor en el que lo hicieron ahogarse. Ojalá alguien dé alguna explicación y, sobre todo, pida perdón.

Por Diego Mancusi

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